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El Último Sobreviviente de la “Esmeralda” y su Vínculo Familiar con El Salvador y Potrerillos

Alfredo Rodríguez
Alfredo Rodríguez
Periodista y Guionista Atacameño

El Último Sobreviviente de la “Esmeralda” y su Vínculo Familiar con El Salvador y Potrerillos

Es difícil no emocionarse al escuchar a don José Vargas Portilla, ex profesor normalista que a sus 95 años de edad, narra con una memoria asombrosa la historia de su padre, Wenceslao Vargas, grumete que combatió junto a Arturo Prat y que se transformó en el último de los 59 marineros que sobrevivieron a la gesta heroica del Combate Naval de Iquique.

Este relato histórico siempre ha acompañado la vida de este profesor actualmente radicado en Coquimbo, quien por casi 30 años tuvo una destacada carrera docente en las escuelas de la Mina Vieja, N°6 Potrerillos y luego como subdirector de la Escuela N°1 de El Salvador. Fue en la Mina Vieja, donde conoció a una joven profesora de Barquito, Alinia Valdivia, con quien se casó y tuvo dos hijos potrerillanos: Vilna y Eduardo.

-¿Cómo llegó a trabajar a Potrerillos y luego a El Salvador?

– En 1947 me entero, justo después de terminar mi Servicio Militar, que la Andes Copper Mining Company buscaba dos aspirantes a profesor para la Escuela N°6 de Potrerillos. Así que junto a un colega tomamos un tren hasta Pueblo Hundido y luego, otro hacia Potrerillos. Ahí tuve el honor de trabajar con excelentes personas, entre ellas la gran profesora Matilde Traslaviña Villalón y en la Mina con mi gran amigo Kid Larco. Con el correr de los años, me trasladan a El Salvador, donde fui de los primeros en trabajar en la moderna Escuela Coeducacional N°1 La Mina, donde llegué a subdirector. Fíjese que llegamos a tener una matrícula de 2.000 alumnos, con doble turno de 46 profesores. También estuve en la Escuela N°2, donde trabajé con Oscar Yáñez Pastén. Fue una época muy linda vivir en El Salvador, donde estuve hasta 1976, así que conocí la empresa siendo la Andes Copper, luego Cobresal y me retiré cuando ya era Codelco Salvador. Me faltaron sólo meses para cumplir los 30 años de servicio, así que me vine sin recibir el famoso Reloj de Oro, pero me traje hartos recuerdos bonitos, entre ellos haber sido presidente del Club de Tenis de El Salvador.

– ¿Sus colegas sabían que usted era hijo del último sobreviviente de la “Esmeralda”?

– Cuando estuve en Potrerillos y arriba en la Mina, algunos colegas conocían un poco de la historia de mi padre, pero a mí nunca me gustó ufanarme de aquello. Obviamente era un gran orgullo ser hijo de Wenceslao Vargas, pero nada más. Éramos gente muy sencilla.

Cuando estuve en El Salvador, nunca pude desfilar junto a mis colegas profesores para los 21 de Mayo, porque sabían mi parentesco y me ubicaban junto a las autoridades en la tribuna de honor y no me quedaba otra que ver desde lejos a mis alumnos y colegas.

DE LOS LIBROS DE HISTORIA AL CINE

En 2010 se estrenó la película “Esmeralda, 1879” y José fue especialmente invitado como asesor de Elías Llanos, director, guionista y productor de este film, que tiene el récord de ser la producción más cara de la historia del cine chileno, con un costo que alcanzó los 12 millones de dólares.

Al momento del rodaje, el equipo encargado de casting y maquillaje, quedó cautivado con el increíble parecido físico que José tiene con su padre Wenceslao Vargas, situación que lo llevó a tener una fugaz aparición al inicio del film.

-¿Qué tal la experiencia de asesorar y actuar en una película inspirada en los relatos de su padre?

– Fue una experiencia muy bonita, porque todos me trataron muy bien. Pero tengo que ser sincero y la verdad no me gustó mucho la película. Tuve la oportunidad de acompañar las grabaciones en la Escuela Naval de Valparaíso y también en Iquique. Creo que la historia pudo enfocarse desde otro punto de vista y no solo en la figura de mi padre.

– ¿Alguna anécdota durante la filmación?

– Recuerdo que la persona a cargo de maquillaje, no podía dar con el color y forma de los bigotes que usaba mi padre. En eso me mira y me corta un tremendo mechón de pelo con el que recién pudieron hacerle los mostachos al actor Víctor Rojas, quien interpretó a mi padre cuando ya era más anciano. También hice una linda amistad con Fernando Godoy, quien personificó a mi papá cuando era un joven grumete. Le tomé harto cariño a este muchacho, con quien nos echábamos hartas tallas, casi como si fuese un nieto. De hecho, por ahí tengo anotado el teléfono del famoso “chico Godoy”.

– ¿Cómo era escuchar en vivo el relato de su padre, un protagonista directo de esta tremenda historia?

– Cuando nací mi padre ya tenía 65 años de edad y con el pasar del tiempo no era muy común que hablara de este tema. Pero a nuestra casa siempre llegaban a interrogarlo muchos historiadores y periodistas de los diarios y también radios, porque aun no existía la televisión. Ahí aprovechaba para acercarme y escuchar de sus propias palabras, cómo había ocurrido el Combate Naval y la famosa arenga de Prat, que mi papá relataba tal cual la conocemos hasta ahora. Fíjese que él siendo a penas un adolescente, deja Rapel, su pueblo al interior de Ovalle, para irse con un comerciante de ganado que lo lleva a trabajar al Perú y cuando la guerra ya era inminente, prácticamente queda botado en El Callao. En ese momento, él decide volver hacia Iquique, pese a que sus amigos peruanos le decían: Vargas, quédate acá, si no va a pasar na’ con esto de la guerra. Pero mi papá de todas formas decide regresar.

– ¿Entonces él no fue un grumete que se embarcó en la “Esmeralda” desde Valparaíso?

– No, para nada. Él estando en el puerto de Iquique, que en ese tiempo era peruano y estaba sitiado por la flota chilena, ve llegar a la “Esmeralda” y la “Covadonga”. Obviamente hay cosas que los libros de historia no cuentan, como es el hecho que los tripulantes aprovechaban para abastecerse de varios insumos, entre ellos licor y como buenos marinos, también aprovechaban para divertirse. Ahí en el puerto andaba mi papá con otros chiquillos, cuando se les acerca un joven guardiamarina, Arturo Fernández Vial, quien los entusiasma con la oportunidad de reforzar la tripulación de la “Esmeralda”.  En la época era muy común que se reclutaran a jóvenes y niños pequeños y mi papá con solo 17 años, llevaba dos días como grumete a cargo del Cañón N°6 de la Corbeta “Esmeralda”, cuando se enfrentan al poderoso “Huáscar”.

– ¿O sea conoció a Arturo Prat solo dos días?

– Efectivamente, mire mi padre fue un hombre que llegó con mucha suerte en esta vida. Estuvo en el lugar y hora precisa, logrando sobrevivir a un combate terrible. Después del naufragio los suben al “Huáscar” y gracias al almirante Grau, les perdonan la vida y meses después, en un intercambio de prisioneros, regresa a Chile.

Después siguió participando en varias operaciones de la Guerra del Pacífico, incluso a bordo del “Huáscar” que ahora era chileno. Luego pasa a la vida civil, realizando varios trabajos en minería y también como comerciante en La Serena. La vida le tenía destinada una larga historia de homenajes y descendencia familiar. Al final de sus días fue ascendido a Vicealmirante de la Armada y tuvo 16 hijos en su segundo matrimonio, de los cuales sólo quedamos cinco: Arturo, bautizado así en homenaje al capitán Prat, Enrique, Elvira y Rosa, quienes nos reunimos hace poquito en un encuentro familiar bien emotivo.

-¿El 21 de Mayo era una fecha muy especial en casa de sus padres?

– Lógico que sí, desde muy niño recuerdo que a nuestra casa de calle Brasil 886 en La Serena, llegaba un orfeón militar completo, que entraba hasta el mismo patio de la casa, para despertarnos con serenatas. Y cuando invitaban a mi padre a las ceremonias oficiales en Valparaíso, él era el designado de honor para tocar la campana que recuperaron del naufragio de la “Esmeralda”. Y mire como son las cosas, el mes de mayo siempre marcó su vida, ya que falleció un 15 de mayo de 1958, a la edad de 97 años, siendo sepultado junto a Arturo Prat y sus camaradas, en la Cripta de la Plaza Sotomayor de Valparaíso.

-¿Usted estaba en esta zona cuando él muere en el Hospital Naval?

– Efectivamente, estaba en la Mina Vieja cuando me llega esa triste noticia. Menos mal Potrerillos tenía aeródromo a la mano y rápidamente conseguí pasaje en la Línea Aérea del Cobre, LADECO, para llegar a tiempo a Santiago y de ahí a Valparaíso. Fue una ceremonia muy emotiva la que hizo la Armada, donde asistieron muchas autoridades importantes del país.

-A propósito de autoridades ¿cómo fue su experiencia durante la Dictadura Militar?

– Debido a todos los trastornos que se crearon después del Golpe Militar, siempre me mantuve muy al margen de la política y jamás quise aprovecharme de mi condición de ser hijo de un personaje histórico. Incluso en una oportunidad tuve que ir a la Gerencia de Codelco a pedir permiso para viajar a Valparaíso a una ceremonia en representación de mi familia. Ahí me recibió un ejecutivo con rango militar que se enojó mucho conmigo. Me dijo que él llevaba un buen tiempo como gerente y que no era posible que recién ahora se venía a enterar que un hijo de un héroe de la patria vivía en El Salvador. Me dijo que yo debí presentarme con ellos apenas asumieron el Gobierno, lo que me molestó bastante porque nunca me gustó andar pidiendo favores y mucho menos aprovecharme de la memoria de mi padre.

-¿Y en alguna ocasión pudo conocer a Pinochet?

– Hay una anécdota bien especial con ese tema. Fíjese que un gran amigo mío que trabajaba en la Oficina General y que tenía un hijo en el Ejército, le consiguió pega en la División Salvador a un hermano de Augusto Pinochet. Entonces el día que Pinochet visita El Salvador, pide reunirse con mi amigo para agradecerle personalmente el favor y él me invita a esa cita, como si fuese una gran sorpresa para mí. Pero resulta que, a Pinochet y a muchas otras autoridades, yo ya los conocía desde mucho antes, de tantas ceremonias y desfiles en que coincidimos en Valparaíso, así que nos saludamos y conversamos de lo más normal.

Tuve el honor de conocer a muchos presidentes y personas importantes, que siempre me trataron con mucho respeto y admiración por lo que hizo mi padre.

-Finalmente, don José, ¿ha pensado venir a dar una vuelta a El Salvador?

– Con esto de la Pandemia es complicado. En Potrerillos y El Salvador fui muy deportista y todo ese trajín con el básquetbol y el tenis que practiqué, quizás le pasó la cuenta a mis huesos. Recuerdo que por ahí por el año 2000 regresé a El Salvador y estaba bien cambiado, así que por ahora estoy super bien en Coquimbo. Soy un hombre viudo que a mis 95 años disfruto mucho de la soledad en mi casa, haciendo crucigramas, leyendo harto, viendo televisión. A mi edad aun manejo sin problemas mi autito, un Daihatsu 2002 que me sirve para ir al mall, a hacer trámites, ir a las vacunas y también para visitar a mis bisnietos. Con ellos me divierto, les hago clases de matemáticas y también aprovecho de contarles las historias de patriotismo de nuestro querido y recordado «Wenche» Vargas, que hasta sus últimos días de vida fue recordado como “El Último de la Esmeralda”.

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