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José Miranda Miranda (Mirandita)

Equipo El Salvador
Equipo El Salvador

José Miranda Miranda

Sabiduría salvadoreña

“La tarde se ve muy triste cuando el sol se va alejando.

Así quedé yo cuando te fuiste, todavía te sigo llorando”.

J.M.M

Cuando la vida de José Miranda está llegando al ocaso, se hace necesario un homenaje a una de las personas más longevas de El Salvador. Estos versos que plasmó un día en un cuaderno, reflejan el sentimiento ante un partir… se ajustan al momento en que se escriben estas palabras.

Cada ciudad tiene personajes que destacan entre sus habitantes y se vuelven entrañables, es el caso de José Miranda, quien nació el 4 de enero de 1932, en la Hacienda Buena Esperanza de Vallenar, el menor de tres hermanos. Siendo un joven lleno de esperanzas llegó a la zona a trabajar, se desempeñó en la Compañía desde 1950 hasta 1976, en diversas áreas, como la muestrera y chancadora, también en  empresas contratistas, Municipalidad de Diego de Almagro y Cobresal.

El vivir en el desierto conformó su esencia apegada  a la soledad e independencia, en ocasiones incomprendida por algunos, pero respetada por su entorno familiar. Hombre fuerte, luchador, fue madre y padre que se dio por entero por sacar a sus hijos adelante: Yasna, Yubitza, José, Marcelo, Cristian y Amelia. No le fue fácil, sobre todo en el ámbito salud. La mina ofrece de sus entrañas la riqueza mineral, la tierra da, pero también pide, muchos hombres de faena se han visto afectados por la silicosis y con ello el deterioro de su calidad de vida, Mirandita lo sabe.

Una veta que pudo explotar, tal vez regalada por el silencio del desierto que permite la introspección, es la escritura. Sus pensamientos y escritos los compartió en círculos literarios y declamó en diversas ceremonias locales; sin duda, un gran tesoro para sus hijos, quienes quieren publicar y compartir este material entre familiares. Para los que queremos perpetuar los diversos pasajes de El Salvador, anhelamos que pueda ser difundido a más gente, ya que la historia del mineral la hacen también el sentir íntimo de sus habitantes. Su cualidad artística se la heredó a sus hijas Yubitza y Yasna, conocidas como Luna y Sol, cantantes; Yasna también ha incursionado en las letras. Así, el mejor regalo que recibió su hija Yasna, en su último cumpleaños, es el momento en que su padre le recitó un poema, un presente que le permitió celebrar la vida. También en su mente resuenan los cuentos que les contaba a sus hijos cuando eran pequeños, en que todos los personajes tenían sus propios nombres, los acompañaba con mímicas, además de cantarles himnos marciales como canciones de cuna, para que se durmieran. Con alegría recuerda que cada Navidad era el principal contador de chistes.

El deporte también fue lo suyo, el fútbol le acompañó en su vivir en El Salvador. Uno de los primeros socios de Cobresal y colocolino de corazón, como se define, esta pasión también lo llevó a arbitrar, además fue boxeador.

Hombre muy querido entre la gente del sector Intelec, respetuoso y correcto. Su presencia en la esquina de Din fue visión frecuente  para el salvadoreño que iba al centro; visión que con el tiempo se ha ido desdibujando, pero que al recordarlo aflora nuevamente.

Le encantaba vivir en El Salvador, lugar de inspiración para sus escritos y donde formó su familia, el alimento de su existir. Que su aporte a la historia de El Salvador nos haga reflexionar sobre nuestros cimientos y cuánto estamos valorando  y respetando realmente al adulto mayor.

Collita Cordillerana 

José Miranda Miranda

26 de Octubre 2011

Bajas desde los cerros

con tu mirada cansada. 

Nada te sorprende 

absorta en tus pensamientos.

Lo silvestre del desierto

mujer triste olvidada. 

La dicha de tu niñez

te ha robado al viento…

Añañuca de la pampa

amiga del lucero.

Vas con tus pasos cansada 

entre quebradas y dunas

Mujer de estirpe olvidada

curtida por la puna

te vas quedando rendida

en los brazos del sendero. 

Collita de trenzas largas

doncella cordillerana.

Atraviesas los cerros

agobiada con tu carga

Soñando con el amor 

que se quedó en la distancia

Y en tu rostro se refleja

 la soledad tan amarga.

Los brazos del desierto 

cubren tus ojos de arena.

Añañuca de los cerros

mujer cordillerana

Te acaricia el viento frío

tú cabellera morena.

Y el Sol besa tus labios 

soñolientos en la mañana.

Cuando llega la tarde

en la penumbra olvidada

Los pájaros te despiden

entre graznidos y trinos.

Tus pasos se van perdiendo

poco a poco entre quebradas

Adiós belleza Chilena

ninfa de mil caminos.

La Noche será tu aliada

y tu más fiel confidente. 

Cuando vuelvas a los cerros

y te consuma la pena.

Tú que naciste en la historia

y hoy te alzas al presente. 

Tu raza se va extinguiendo

poco a poco como la arena.

Quizás jamás vuelva a verte

te quedarás en los cerros.

Los amaneceres floridos 

de una nueva alborada.

Será de nuevo hogar 

donde perdurará tu recuerdo. 

Adiós collita Cordillerana 

raza chilena olvidada.

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